El metro se detuvo, las puertas del vagón se abrieron y la chica del traje gris entró con pasos cortos e inseguros, casi tambaleándose. Una estruendosa señal acústica acalló el rumor de las conversaciones cruzadas a la vez que se cerraban las puertas. Después, el convoy reanudó la marcha con un tirón y la chica, que aún no había tenido tiempo de cogerse a un asidero, dio con sus huesos en el suelo.

La mujer del abrigo marrón que ocupaba el asiento contiguo a la puerta observó la escena con un marcado gesto de desprecio:

– Hay que tener cuajo para estar ya borracha a estas horas de la mañana -comentó. Por su tono de voz, parecía no importarle que la escucharan.

El chico del chándal verde que se sentaba enfrente dirigió una mirada recriminatoria a la mujer y, acto seguido, se levantó y se acercó a la chica.

– ¿Estás bien?

– Sí, gracias. Solo ha sido un traspiés.

– ¡Un traspiés, dice! -intervino la mujer con tono impertinente-. ¡Lo que hay que hacer es empinar menos el codo!

El chico la ayudó a incorporarse y le cedió su asiento.

-¡Qué vergüenza, por favor! -susurró ella para sí mientras le asomaban dos minúsculas lágrimas-. Te prometo que no he bebido nada -le dijo al chico.

– Ya lo sé, no te preocupes. Tienes párkinson.

– ¿Cómo lo sabes? -se sorprendió.

-Porque somos del mismo gremio. Fíjate -y le mostró su mano izquierda, temblando ostensiblemente.

– ¿Tú también tienes problemas de equilibrio?

– No. Pero tú tampoco tiemblas -respondió él-. Nuestro amigo inglés nos corta un traje a medida a cada uno. A mí no me vale tu chaqueta y a ti no te vienen mis pantalones.

La megafonía anunció: “Próxima estación: Esperanza”

– Me bajo aquí -le dijo el chico y se dirigió a la puerta -. Mucho ánimo.

– Muchas gracias.

El metro se detuvo y las puertas del vagón se abrieron. Antes de bajarse, el chico del chándal verde se volvió hacia la chica del traje gris y le dijo, asegurándose de que lo escuchara la mujer del abrigo marrón:

– Y un último consejo: con independencia de lo que te diga la gente, jamás sientas vergüenza por algo de lo que no eres culpable.

Una estruendosa señal acústica acalló el rumor de las conversaciones cruzadas a la vez que se cerraban las puertas. Después, el convoy reanudó la marcha con un tirón y la chica sonrió.

Autor: Carlos Gustavo Egido Cerro

Primer premio del XI Certamen Literario Párkinson León