II Premio Concurso de Relatos 2026: “Güela”
Sofía mira a su abuela. Sentada frente a ella, parecen dos gotas de agua salvo por la diferencia de edad. La observa con atención y sigue el tamborileo de los dedos de su mano izquierda como si entonara una canción imaginaria. Del meñique al índice, en orden, hace una secuencia de cinco veces y, acto seguido, del índice al meñique otras tantas. Y vuelta a empezar. En la mano derecha sostiene un lápiz con el que repasa los trazos discontinuos de unas vocales de gran tamaño que tiene dibujadas en una libreta.
Gabriela levanta la vista del papel en el que está escribiendo unas vocales y se choca con los ojos marrones de Sofía que está haciendo lo mismo en su hoja de colores. Desde que nació mira de esa forma profunda, como si encerrara el misterio de la vida. Le parece advertir en la boca una sonrisa, como si una mariposa se desplegara suavemente. La niña la mira también unos segundos, le sonríe y le pregunta si ya ha terminado con las vocales. Gabriela le dice que sí y Sofía, paciente, le prepara otra cara de cuadernillo. Pasa la página, lenta, pero con cuidado. Ahora, le dice a su abuela, tienes que unir estos puntos con el lápiz, sin levantarlo del papel y verás que figura tan bonita hay ahí oculta. Ahora verás cómo lo hago yo, tú fíjate. Gabriela sonríe con los ojos y con el corazón mientras una lágrima, casi invisible, le nubla la mirada.
Sofía mira la página de su libro de actividades y tras comprobar que están repasadas las vocales, pasa la hoja para llegar a los puntos que tiene que unir sin levantar el lápiz. Mira “güeli”, así tienes que hacerlo, como yo, con mucho cuidado. Es muy fácil. Sí no te sale a la primera, no te preocupes, lo volvemos a intentar.
Gabriela repite esas palabras en silencio. Son exactamente las mismas y en el mismo orden en el que ella, en algunas ocasiones, se las dice a Sofía.
Una frente a otra hacen las mismas actividades y en el mismo orden. La mano derecha atenta al lápiz, la izquierda tocando una canción que cada cual sabe cuál es.
Al acabar, Gabriela le pregunta si se van a merendar. Lo hacen juntas todas las tardes, las tareas del cuadernillo, las del colegio y lo que se les va ocurriendo después. Juegan un rato a hacerse pulseras y collares con hilos de colores trenzados o insertando cuentas pequeñas por un hilo grueso, montan puzles de piezas de cartón que acaban siendo reproducciones de monumentos del mundo que se prometen visitar juntas, juegan bailando con coreografías sencillas que Gabriela aprende con las repetidas explicaciones detalladas de Sofía y con las demostraciones que, una y otra vez, hace la niña.
A ambas les encanta estar juntas. A Gabriela le gusta mirar a la niña, verla tan dispuesta para todo, que sea tan buena compañía para ella, que le cuente cosas del colegio y de sus amigas. Que compartan secretos bajo un juramento que solo ellas conocen. La soledad le pesaría más si no fuera por Sofía. Las tardes serían interminables allí sentada rumiando recuerdos y tiempos pasados, lamentándose de que algunas veces haya tenido que hacer frente a cosas que no quiere ni nombrar ni recordar. Cuando nació Sofía, su primera y única nieta, tan parecida físicamente a ella y a su hija, se emocionó. Tres generaciones, tres gotas de agua.
Gabriela la abraza y juntas, marcando un paso de baile, se van otra vez hacia la mesa. Esta vez, Sofía le va a leer un cuento. Pero hazlo tranquila, le dices, aunque alguna palabra no te salga a la primera, no te preocupes, lo volvemos a intentar.
Escuchando a Sofía leer, Gabriela recuerda el día que les dijeron que la niña tenía una enfermedad neurológica, concretamente Párkinson y que, aunque era algo raro en niños, también se daban casos y les dijeron, también, que había que hacer ejercicios con ella todos los días.
Gabriela no lo dudó, a partir del día siguiente empezaría la tarea con la firme voluntad de que Sofía pudiera hacer algo tan sencillo para todos los niños como soplar las velas pidiendo un deseo y abrir sus regalos de cumpleaños.