Relatos del IV Certamen Literario

LA MARINA

Se acomodó en la butaca y esperó a que se le pasara. Cada vez sucedía más a menudo.
Desde su asiento favorito, se le iban los ojos a la marina que llevaba al menos dos
décadas colgada en la pared del salón. Nunca había reparado en ella tanto como en los
últimos días. Había tenido siempre el poder, aquel cuadro ligeramente inclinado, de
evocarle buenos tiempos. Le encantaba recrearse en su visión e imaginarse joven,
sentada en la arena caliente, mientras vigilaba los juegos de sus pequeños, que se
acercaban a la orilla espumosa para llenar los cubos de agua y construían castillos y más
castillos.
Pero, de un tiempo a esta parte, la contemplación de la marina, con su esquina
derecha escorada, ya no le producía el efecto balsámico de entonces. Las olas, suaves,
iban y venían y se llevaban los juguetes de los niños, desmoronaban los castillos, y
empapaban con su empeño las toallas extendidas. Esos pensamientos ennegrecían sus
recuerdos. Para evitarlo, cerraba los ojos y se sujetaba la mano temblorosa.
Una mañana se propuso enderezar el cuadro, como si con ese sencillo gesto
lograra borrar su enfermedad. Fue entonces cuando el agua del mar, como una cascada,
le cayó encima. Y fue cuando tomó el teléfono y les contó a sus hijos lo que le pasaba.
 
TIC-TAC

Tic-tac, sonaban los relojes en casa de mi abuela.
En cada habitación se escuchaba aquel sonido acompasado: tic-tac, tic-tac en el reloj de pared del salón,
en el cucú de la cocina y en los despertadores de las mesillas de cada uno de los cuartos.
La mano de mi abuela se movía también acompasada y golpeaba de igual modo la mesa. El Parkinson
hacía años que formaba parte de su vida e impedía que la quietud fuera total. Tic-tac.
El día que mi abuela murió se pararon los relojes de su casa, de un modo lento y progresivo, hasta quedar
todos en silencio a la vez y aquel silencio allí, resultaba sepulcral.
Cada vez que escucho el tic-tac de un reloj mi corazón se acelera y evoco la casa de mi abuela llena de
relojes, el golpear de aquella mano en la mesa, y su inmensa sonrisa que tanta paz me transmitió cuando
yo aún era una niña. 

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